Xena, la princesa guerrera y sus noches.

De día ella luchaba contra cualquier malhechor que intentara aprovecharse de las personas más débiles. Tenía una armadura que la ayudaba a ser más fuerte, pero por dentro ella también era de hierro.

Tenía claro que entregaría su vida a hacer de este mundo un lugar mejor, a hacer el bien en todas sus formas. Era una causa mayor que ella misma, y no concebía otro motivo más legítimo que ese para vivir.

Una vez decidió vivir por esa causa mayor, lo demás ya dio igual. Cada día tenía una batalla diferente, donde entregarse entera en cuerpo y alma. Ella era la princesa guerrera, su sino era la lucha, y cada cosa que pensaba y hacía desde que se levantaba hasta que se iba a la cama giraba alrededor de la idea de conseguir que reinara la justicia a su alrededor.

De todo eso ella era consciente y basó su vida en esta idea, por y para siempre.

La princesa guerrera nunca tuvo tiempo de entender que dormía mal por las noches. Esa no era una idea que ayudara a nada ni a nadie, por lo que siempre pasó a estar en segundo plano. A veces, en la cama, mientras pensaba cómo pillar desprevenido al malo de turno, se le escapaba alguna lágrima solitaria, que secaba rápidamente mientras se convencía de que provenía de la rabia que tenía por vivir con tanta injusticia alrededor. ¿Cómo iba ella a dormir plácidamente con el mal campando alegremente por todos los huecos del planeta?

[Esta primera parte nos muestra cómo la princesa Xena se concebía a sí misma. Nos ayuda a ver cuáles eran sus valores y cómo de entregada a estaba a los mismos. Su vida consciente era una lucha constante por conseguir tener el pensamiento más útil e inteligente con respecto a cómo actuar frente a las fuerzas externas del mal].

Nadie puede imaginarse a día de hoy a la Xena, la princesa guerrera, frustrada porque está llegando tarde al paseo matutino con su madre (al que ni siquiera le apetece ir) porque no va la página web de Hacienda para el trámite que necesita hacer. Tampoco nos la podemos imaginar mirándose al espejo con pena porque el flequillo hoy le ha quedado fatal. Mucho menos la veremos mayor, jubilada, cosiendo ropa para su nieto recién nacido. Pero es que tampoco la imaginamos completamente feliz, en casa con la familia que haya elegido tener, satisfecha por cumplir sus labores rutinarias.

No podemos verla porque ella no nos dejó verla así. Nos obligó a creer que podía ser siempre la guardiana del bien, y que cualquier cosa que no fuera con esa imagen quedaría completamente eliminada de su conciencia por ser mundana e irrelevante para ella. Nos lo puso a huevo para deshumanizarla por completo y tratarla como una heroína incansable y atemporal.

Si alguien, en alguna parte del planeta en algún momento de la historia, hubiera aprendido que la vida merece la pena tan solo por luchar estas grandes batallas, por hacer que su vida sea lo más significativa posible con respecto a los grandes conflictos morales que nos rodean o incluso, como nuestra Xena, viviera aceptando en su conciencia solo ideas que merecieran la pena ser pensadas porque le llevan a estar más cerca de conseguir todo lo anterior… estaríamos ante un ser humano que considera que cualquier problema mundano o, simplemente humano es despreciable (entiéndase esta palabra como “no se le debe tener aprecio”), e indigno de ser pensado. ¿Te imaginas la desesperación de alguien que rechaza la mayoría de pensamientos que le vienen a la cabeza en el día? ¿Puedes sentir la pena que siente esa persona cada vez que comprende que ha pasado otra hora de su vida pensando en todo lo que no debería pensar? Es como si alguien maquiavélico y malévolo hubiera metido un virus en la cabeza de nuestra Xena que le hiciera funcional mal (desde la perspectiva de nuestra princesa), pero dejándola consciente de todo para que muriera poco a poco desesperada por no poder priorizar lo que ella sabía que debía priorizar.

Ojalá Xena, la princesa guerrera, fuera solo una serie de televisión. Pero no es así. Xena es para muchas personas de mi generación otro ejemplo más de vidas idealizadas y de obligaciones que se toman por vocaciones sin que se refleje la realidad humana que queda dentro de la persona. Lo humano es moderno. Aprender a desarrollar nuestra propia voz todavía es un complemento que muchas no hemos desarrollado del todo y otras muchas no han empezado a hacer. Nuestra generación es tan torpe con sus propios pensamientos como la generación de nuestros abuelos con un Smartphone. Pero eso sí, ni su generación es más “tonta” que la nuestra, ni nosotras somos incapaces de mejorar la percepción de nuestro pensamiento.

La buena autoestima de Xena se basó en ejecutar actos heroicos uno detrás de otro consiguiendo salvar al mundo cada día antes de dormir. La de esa otra persona imaginaria que piensa igual que Xena tiene que sobrevivir a una vida limitada en la que muchas cosas van a escapar a su control, o van a ser tan humanas como para provocarle rechazo el simple hecho de dedicarles tiempo en sus pensamientos. 

¿Cómo crees que tiene la autoestima esta persona imaginaria? ¿Qué cosas crees que puede llegar a decirse a sí misma cuando se ve pensando que no le gusta su flequillo? ¿Cuántas emociones crees que puede llegar a tener a lo largo del día provocadas por este tipo de pensamientos? ¿Cómo crees que pueden afectar esas emociones en su día a día? Y tú, ¿ qué le dirías a esta persona imaginaria?

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