La chica y su tabla de surf
Ella surfeaba siempre que podía. Las sensaciones que vivía haciéndolo eran irrepetibles. El balanceo encima de la tabla y la paciencia que se requería para esperar la ola perfecta le relajaban. La visión de la ola acercándose y creciendo le disparaba la adrenalina y la impulsaba a nadar sin que sintiera ningún cansancio aunque llevara horas en el agua. Cada vez que dominaba la tabla, de pie, dejándose llevar por el mar, ella sentía que todo tenía sentido, que todo estaba en orden.
Lo bueno del surf es que enseña muchas pequeñas lecciones que se pueden aplicar al resto de la vida. Surfear le había hecho una persona sabia.
Ella había descubierto lo que era disfrutar de la vida. Y eso es algo que mucha gente no conoce. Lo normal en el siglo XXI es sobrevivir al día a día sin salir muy mal parada, entre la presión de las redes sociales, las fake news, las radicalizaciones y las enfermedades. No vivimos en una era tranquila, y la mayor guerra que libramos está en nuestras cabezas. Todas las personas de occidente estamos librando la misma batalla: aprender a diferenciar lo que somos de lo que nos piden que seamos para sobrevivir.
Ella lo sabía y por eso volvía siempre que podía a esa playa, con esas olas, con esa tabla.
En lo que duraba el proceso de coger una ola, era capaz de sentir excitación por estar en la playa que le gusta estar, parálisis al entrar en el agua helada, dolor por el revolcón de la primera ola, cansancio por nadar hasta tan lejos, impaciencia al ver que no llega una ola adecuada, frustración por haberse perdido tres o cuatro buenas mientras nadaba, engarrotamiento de todo el cuerpo por el frío, entusiasmo al ver la que parece que va a ser su ola, dudas por pensar que puede que detrás haya otra mejor, vértigo al decidir que va a coger esa ola sin saber si será la acertada, descontrol al notar la velocidad que va cogiendo la tabla encima del mar embravecido, decisión al ponerse de pie sobre la tabla, cautela al posicionarse en la tabla, concentración al guardar el equilibrio los primeros segundos, satisfacción mientras levanta la vista del agua, viendo como todo se mueve a su alrededor o, mejor dicho, como ella se desliza por el mar y gobierna su tabla, éxtasis cuando comprende que ha sido una buena ola y que se ha superado, paz cuando observa todo sin ningún otro propósito que el de alargar ese momento el máximo tiempo posible, orgullo por conseguir algo que le ha costado tanto, motivación por volver a empezar el proceso de nuevo, plenitud porque comprende que no hay nada más que hacer sino repetir lo ya hecho para recrearse en las sensaciones.
En lo que dura una ola, nuestra querida protagonista era capaz de experimentar más que lo que mucha gente ha vivido en todo un año. Es por eso, que cuando llegó el momento de afrontar situaciones especialmente difíciles, ella estaba más que preparada.
La vida era como el mar. No se la podía gobernar, pero sí surfear.
No se podía tener el control de todas las cosas, como nos hacen creer desde que tenemos uso de razón. Solo podemos gestionar nuestra vida desde nuestros propios límites “El mar es ingobernable, yo solo puedo surfearlo con mi tabla” se decía una y otra vez.
No se podía pedir solo momentos de felicidad continuamente, eso era como pensar que el surf era solo el momento de paz de pie sobre la tabla, y ella sabía que el surf era mucho más que eso. No hay paz sin agotamiento, sin frustración, sin dolor. Eliminar las partes duras equivaldría a que el momento de felicidad fuera menos intenso cuando llegara. “Me merezco que mi felicidad sea lo más plena posible” se decía ella a menudo.
Le gustaba ayudar, pero sabía que ayudar no es lo mismo que hacer las cosas por los demás. Ella contaba sus trucos para coger olas a sus compañeras aprendices y les daba ánimos para que mejoraran, pero nunca se le ocurrió dejar su tabla para subirse a la de una compañera y levantarla en el momento adecuado del empujón de la ola. Eso sería útil para que se levantara en ese momento, pero ella sabía que la finalidad del surf no es estar de pie, sino disfrutar de gobernar tu tabla, y eso es un reto que solo se puede vencer individualmente. “Si lo hago por ella, seré yo la que sufra o disfrute del resultado, y habré impedido su oportunidad de superarse”.
Cada vez que veía a alguien sufrir, era capaz de ver en qué momento de la ola se encontraba esa persona, y experimentaba todas las emociones como si le estuvieran pasando a ella. Pero eso le hacía comprender todo lo que a esa persona le quedaba por experimentar internamente hasta completar su ola. Su proceso era mucho más que la sensación que experimentaba en ese momento y ella lo sabía. “Esas olas de dolor y frustración son justo las previas a las olas de calma y aceptación, si le duele es que lo está intentando, y solo intentándolo, controlará su tabla”. ¡Vaya si era sabia nuestra amiga!
Ella aceptaba vivir la vida como quien vive encima de una tabla en el océano. Sabía que no podía gobernar el océano, pero no lo necesitaba. Solo necesitaba manejar su tabla, superar las olas una a una, aceptar que se podía caer de la tabla y subirse a ella todas las veces que hicieran falta, y que las mejores olas no son las que llegan solas y te mecen, son las que se buscan y se surfean.
Ella vivió buscando olas y experimentando una y otra vez lo que muchas personas conocen sólo de oídas. Aprendió que todo tiene su momento y que cada sensación y emoción ayuda a avanzar a través del tiempo.
Las emociones son el motor que le acompañarían y la ayudarían a adaptarse a cada momento, a cada ola.
Ella nunca olvidará que el mar que le rodea es tan cambiante e hipnótico que no puede permitirse convertir en protagonista a ninguna de esas emociones que no la definen ni la limitan, sino que la ayudan a seguir alerta sobre su tabla hasta encontrar la siguiente ola.
