Viviendo en «modo simulado»

Vivimos sin saber si lo hacemos por inercia, por educación, o porque realmente es lo que queremos aunque no lo sepamos. Podemos pasar días haciendo tal cosa o evitando tal otra sin habernos parado a pensar si queremos hacer lo que estamos haciendo. La palabra “querer” se ha deformado tanto que ahora parece que solo sirve para hablar del amor romántico. Pero querer implica voluntad, y la voluntad implica conciencia. Si no nos paramos a pensar por qué hacemos lo que hacemos… ¿podemos estar seguros de que queremos hacerlo?

El concepto “modo simulado” lo tomo prestado de la Terapia basada en la Mentalización de Bateman y Fonagy, pero lo adapto a lo que me inspira a mí ese concepto como tal. Podemos vivir en un modo simulado siempre que actuemos de forma automática por el devenir de la vida. Estamos existiendo, cumpliendo, pero sin dejar una impronta genuina de nuestra personalidad en lo que hacemos, o sin aportar nada extra a lo mínimo necesario para cumplir con la tarea. Y esto no tiene por qué ser negativo. Lo normal en una vida rutinaria es hacer la mayoría de las cosas desde el automatismo. Es una función adaptativa de nuestro cerebro: automatizar al máximo nuestros actos para reservar energía para otras cosas más novedosas o más preocupantes.

Gracias a eso, podemos vivir volcados en cumplir con nuestras personas allegadas, ya que ya sabemos de antemano que eso es lo correcto. Contestaremos a ese whatsapp que nos mandan, porque sabemos que quedaremos mal si no lo hacemos. Iremos al gimnasio tres días a la semana, porque si no no estaremos siendo responsables con nuestros cuerpos. Trabajaremos duro porque eso es lo que hace una buena persona. Nos compraremos unas zapatillas nuevas porque queremos estar a la moda, etc. etc. Pero… ¿de verdad todo esto está tan claro para todo el mundo? ¿Todas las personas tienen las mismas preferencias y necesidades con respecto a todas estas cosas?

Si no nos tomamos un momento para pensar si de verdad todas nuestras personas allegadas se merecen la misma atención por nuestra parte; o si contestar a ese whatsapp es más importante que lo que estemos haciendo en ese momento; o ver si sentimos que disfrutamos el gimnasio o es más un castigo y querríamos probar otra cosa; o si detestamos lo que nos obliga a hacer nuestro trabajo; o si estar a la moda se ha convertido en un suplicio… Si no nos tomamos ese momento, ejerceremos como perfectos ciudadanos del siglo XXI pero viviremos haciendo cosas de más, que no nos gustan o que no nos aportan nada, por el simple hecho de que la vida nos las puso ahí. Acumularemos malestar sin saber por qué y será fácil sentir desidia y desmotivación generalizada.

Así veo yo vivir desde el modo simulado:

Olvidar que existe un espacio personal dentro de nosotros donde poder hablarnos y escucharnos, nos hace autómatas que simulan tener un criterio que en realidad nunca han desarrollado, sino que han tomado prestado de otros que lo pensaron, lo adornaron y lo vendieron exitosamente. No conversar contigo mismo, y simplemente actuar de la manera más adaptativa al medio, te disocia. Porque el hecho de no escuchar no significa que no exista tu voz interna. Existe y la silencias. La silencias al no prestarle el tiempo que necesita para desarrollarse. 

No vamos a poder tener todo lo que queramos en la vida. Nuestras limitaciones sociales, económicas, familiares, etc., nos van a definir más de lo que la falsa teoría del “crecimiento personal eterno” nos dice. Pero ser conscientes de la diferencia entre hacer cosas porque nos apetece y nos sale el impulso de hacerlas, de hacerlas porque son un trámite obligatorio que nos ha puesto la sociedad, nos ayudará a conocer nuestro balance energético entre lo externo (social) y lo interno (personal). Y nos llevará también a reconocer cuándo hacemos algo porque DEBEMOS y cuándo porque QUEREMOS, desarrollando así nuestra conciencia de voluntad.

Entonces… ¿tenemos que desactivar el modo simulado para siempre? ¿Cómo se soluciona este conflicto? 

Pues bien, aprender a desactivar el modo simulado y empezar a desarrollar nuestra voluntad y criterio no tiene por qué convertirse en una constante, ni tiene que llevarnos a juzgarnos por activar el modo simulado a menudo. Se trata tan solo de darnos cuenta de que sí que tenemos ese modo cuando hacemos las cosas por cumplir con lo que se nos demanda y que, a veces, vamos a necesitar centrarnos más en escucharnos a nosotros mismos para desactivarlo y analizar si estamos viviendo a través de los valores con los que nos gustaría vivir. Así, cada vez que seamos plenamente conscientes de que estamos haciendo algo que hemos buscado proactivamente y nos gusta, podremos experimentarlo desde la conciencia de placer que eso nos produzca; y cada vez que veamos que estamos haciendo algo por obligación, podremos quitarnos esa presión de tener que disfrutarlo como si saliera de nosotros el hacerlo.
Y tú, ¿eres capaz de identificar tu modo simulado?

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